(I.B.)
La sala estaba cubierta de globos de todos colores. Unas cintas azules adornaban las paredes a la vez que le daban cierta elegancia al lugar. Los manteles blancos de las mesas se veían interrumpidas por adornos florales y algunas bebidas que los invitados veían de rato en rato con cierto antojo. La mayoría de los hombres vestidos elegantemente de negro contrastaban con la ropa de los niños que correteaban de aquí para allá, siempre veloces, cayéndose unos y saltando otros. Y es que era un agasajo de familia y amigos, que conjugaba gentes de todas las edades y distintas razas, separadas por marcadas preferencias de diversión. Apareció entonces una señora de figura celosamente cuidada, vestida de un rojo llamativo, y pronunció unas palabras de bienvenida. A su lado, un señor de traje oscuro con una corbata naranja, invitó decididamente y con una gran sonrisa a la hija suya, cumpleañera de las tan famosas y esperadas quince primaveras.
El sol amarillo se había ocultado hace dos horas dando lugar a los placeres festivos de la noche. La hija, bella, agraciada, coronada de flores y vestida de blanco, apareció luego de abrirse unas cortinas púrpuras. Todos aplaudieron mientras ella avanzaba. Algunas palabras, algunas lágrimas de protocolo, dieron fin al acto de presentación para dar paso a la música exuberante y a poner en evidencia la energía de los jóvenes. Ella también quería bailar las danzas de moda y no lo iba a hacer vestida de princesa; entonces, tras anteriores previsiones, fue a mudarse de ropa a un vestidor improvisado ubicado al fondo de un gran almacén. Entró al depósito, abrió la puerta, encendió las luces, bajó unas gradas y caminó por el lugar, que más bien parecía un supermercado de cazuelas, alfombras, mesas, sillas, cortinas, etc.; todo bien ubicado. La música sonaba fuerte como llamándola. Tenía hambre, camino al vestidor encontró distintos tipos de bocaditos que estaban destinados a la concurrencia. Aprovechó. Tenía la boca llena de una y otra cosa cuando de pronto se apagaron las luces.
– ¡Hey, Hey!– dijo ella, y se echó a reír porque su boca liberó cierta cantidad de masitas aún no engullidas. Era la madre.
– ¿Hija, eres tú?– dijo con voz elevada.
– Sí, mamá, iré a cambiarme y luego salgo– respondió.
– Bien, creí que aquí adentro no había nadie y como vi las luces encendidas las apagué.
– No te preocupes, yo me apuro, salgo de aquí y las apago.
– Bueno. Te estamos esperando.
Sabía que habían hecho preparar unas empanadas y las buscó, al encontrarlas se arrepintió de comer tanto pero se disculpó a sí misma convenciéndose de que era su fiesta.
Las luces se volvieron a apagar
– ¡Quién es!– gritó.
Pero se volvieron a prender de inmediato. Vio los focos del gran almacén y se dio cuenta que eran tubos fluorescentes. Sabía desde niña que no se debe confiar en éstos; se prenden y se apagan. Avanzó. Las luces parpadearon, y nuevamente ella se quedó en la oscuridad total. A tientas, se dirigió hacia el cuarto donde le esperaba su muda de ropa. Sólo sabía que las lámparas se compondrían y así la luz iba a volver. Todo era negro. Hizo caer una charola con bocaditos, intentó recogerlos pero prefirió seguir con cuidado hasta donde creía estar la puerta de su vestidor. Su pie chocó contra un cajón, nada grave. Ella no tenía miedo a la oscuridad, además la música de afuera la acompañaba. Seguramente la pista de baile se oscureció a la vez que se alumbraba con luces brillantes, de todos los colores, dando un ambiente de discoteca. En el almacén todo estaba completamente ennegrecido. Con los brazos extendidos y los dedos preparados para tocar algo, seguía su camino. Afuera todos bailando. Escuchaba voces, alguno que otro grito de euforia, risas, música de fondo. Ella estaría en un momento ahí, divirtiéndose. Llegó hasta el límite de uno de los pasajes y se dio cuenta que debía girar para llegar al vestuario improvisado que, seguramente, tenía lámparas en mejor estado. Tocó algunas telas suaves que seguramente eran manteles o cortinas. Se acordó de repente de un viaje vacacional a unas cuevas subterráneas donde el guía, como una pequeña broma, apagó por cinco segundos la linterna que iluminaba el sendero rocoso sólo para que el pequeño grupo de turistas, que estaba formado por su familia, se asustara un poco; lo logró, y tras unas risitas nerviosas dentro de la caverna volvió a activar la pequeña fuente de luz y siguieron el camino. Pero ella, en el depósito, seguía en penumbras. Se acercó a donde creía estar el umbral hacia su ropa, con una seguridad y una fe tan grande que podía iluminar el lugar con sus ojos. Pero sólo se encontró con una pared fría; la palpó, y no encontró nada. Tragó saliva. La música parecía más distante. “Holaaa”, dijo. Pero sólo escuchó eco, su propio eco. Decidió volver donde empezó, hacia la pista de baile. Chocó contra unas cacerolas que cayeron e hicieron gran ruido. No le importó levantarlas. Todo era oscuro. Siguió, siempre a tientas. El almacén tenía una estructura y un orden de supermercado. Laberíntico. Vitrinas a un lado y a otro. Pensó en las ratas, nada peor que ratas en un depósito de ese tipo. Tuvo miedo. “Holaaaa”, y otra vez su propio eco.
Se acordó de los murciélagos. Hubiese querido tener un radar que le permitiera distinguir a través de los sonidos. Decidió seguir la música de fondo. Pero se encontró con una vitrina llena de vajillas. Tuvo cuidado. Eran pilas y pilas de vajillas. Dio un giro y una de ellas se desplomó y la porcelana se fue contra el piso. Todo se hizo añicos. Quiso correr y tropezó. Cayó, se lastimó; un poco en la mano, un poco en la rodilla. Perdió su zapato de princesa, lo buscó. Nada. Decidió avanzar sin él, pero le dificultó caminar sólo con un zapato. Se quitó el que sobraba y siguió avanzando. Tuvo frío. Se iba de un lado para otro. Empezó a llorar. “¡Mamá!” Tuvo pánico. “¡Papá!”. Ansió ver la corbata naranja de su padre. Cerró los ojos, abrió los ojos; todo era igual. Golpeó su canilla contra una esquina. El dolor ya no importaba. Siguió avanzando. Descubría nuevos pasajes, tocó cacerolas. Se chocaba, se lastimaba. Le dolía un dedo de una mano. Se le rompió una uña. Sollozaba. Parecía que la música de afuera le envolvía y ya no distinguía la fuente de sonidos que antes creía ser la puerta hacia la fiesta. Pisó algo blando, pequeño y pegajoso, luego otro. Eran los bocaditos que hizo caer al principio. Le dio esperanzas, creyó reconocer el camino. Se concentró, intentó recordar la ruta. Avanzaba, se chocaba. Golpeó su frente, sus hombros, sus piernas. Otra vez las cacerolas. Gritaba. “¡Auxilio!” Y otra vez, “¡Auxilio!”.
La oscuridad y la ausencia total te permiten reconocer que tú mismo no te abasteces, que no te puedes soportar, que tu solo cuerpo no alcanza para liberarte.
Lloraba. Se encontró con la vajilla rota desparramada por el piso, le cortaron las plantas de los pies. Se sentó, se tomó los pies y reconoció en sus manos un líquido viscoso. Era su propia sangre. Se incorporó, pero se dio cuenta que no podía caminar. Decidió gatear, gatear como un bebé. El frío del piso le entumecía las manos. Volvió a tocar las masas pegajosas. Seguía. Se golpeaba la cabeza. Avanzaba, giraba, daba media vuelta. Nuevamente se encontró con la vajilla lacerante. Se cortó las manos y las rodillas. No le importaba. Su voz afónica ya no hacía sonido, pero seguía gritando. Pedía socorro. Su eco ya no le respondía. La música de afuera era cada vez más tenue; quería llegar hacia ella. Escuchaba y escuchaba. ¡Dónde está la puerta! Pensó en quedarse, desmayarse o dormir. Algún día la iban a encontrar. ¿Y si no la encontraban? Los sonidos de afuera la envolvían, la enloquecían. Tenía frío. Por donde avanzaba encontraba sus rastros, sus huellas, las dejadeces de su torpeza. Todo era círculo, centrípeto. Intentó derribar las vitrinas, quitar las paredes, pero ya no tenía fuerzas. Su frente estaba viscosa y olía su propia sangre.
Dónde están todos. Todos están al otro lado de la pared. Ella está en el centro, girando y girando como en un vals. Ella está detenida, acurrucada en un rincón abrazando sus rodillas como en el vientre de su madre. Ella está luchando por alcanzar la puerta, por dejar atrás sus miedos y tocar primero el óvulo. Ella está sola.
Pero resiste. En su lucha golpea sus manos contra la esquina de un peldaño, luego otro, luego otro, y la música se hace más fuerte, clara. Acaricia con sus dedos una textura de madera. Busca la manija, la encuentra, no puede. Luego. Abre la puerta y la música se detiene. “¡Hija!” Exclamaciones, santos, escucha de todo en el segundo que tardaron en apagar la música. Siente unas manos calientes que la incorporan. Siente calor. Todos murmullan. “¡Prendan las luces!”, gritan. Todos siguen murmullando, ella sabe que la miran.
Ve para todos lados, intenta reconocer las cosas, su gente. Todo se quedó oscuro. En ese momento, y para siempre, se dio cuento que sus ojos se habían apagado.