jueves, 20 de mayo de 2010

Para "Manchas"

Perro blanco con vida en las entrañas

has olvidado

tras uno, tras varios pasos

los secretos más oscuros de casa

Bajaste los peldaños,

-sin asco-

Has mutilado tu pata trasera para no girar sobre tu eje

y derramar con tu mirada

la sal benedicta sobre tu cuerpo

................

Alzaste el hocico

-lamiste tus bigotes-

reconociste tus días venideros

como un torrente de tripas y menudencias

acaudalado en las bajas tentaciones de tus primeros celos

................

Tal vez lloraste

tal vez oliste nuestros pasos en el suelo

o mis rastros en las esquinas

(Nada es mejor que la libertad de tus últimos años

mirando el ocaso desde otra montaña)

................

................

Perro blanco con vida en las entrañas

has caminado otros callejones

otras casas

-umbrales-

has olido las colas de otros perros

y me has dejado

en la guarida que los años nos han visto pelear

-pulular-

mordisqueándonos

como dos almas caninas

haciendo el amor en el pasto

.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Nadie encendía las luces

(I.B.)

La sala estaba cubierta de globos de todos colores. Unas cintas azules adornaban las paredes a la vez que le daban cierta elegancia al lugar. Los manteles blancos de las mesas se veían interrumpidas por adornos florales y algunas bebidas que los invitados veían de rato en rato con cierto antojo. La mayoría de los hombres vestidos elegantemente de negro contrastaban con la ropa de los niños que correteaban de aquí para allá, siempre veloces, cayéndose unos y saltando otros. Y es que era un agasajo de familia y amigos, que conjugaba gentes de todas las edades y distintas razas, separadas por marcadas preferencias de diversión. Apareció entonces una señora de figura celosamente cuidada, vestida de un rojo llamativo, y pronunció unas palabras de bienvenida. A su lado, un señor de traje oscuro con una corbata naranja, invitó decididamente y con una gran sonrisa a la hija suya, cumpleañera de las tan famosas y esperadas quince primaveras.

El sol amarillo se había ocultado hace dos horas dando lugar a los placeres festivos de la noche. La hija, bella, agraciada, coronada de flores y vestida de blanco, apareció luego de abrirse unas cortinas púrpuras. Todos aplaudieron mientras ella avanzaba. Algunas palabras, algunas lágrimas de protocolo, dieron fin al acto de presentación para dar paso a la música exuberante y a poner en evidencia la energía de los jóvenes. Ella también quería bailar las danzas de moda y no lo iba a hacer vestida de princesa; entonces, tras anteriores previsiones, fue a mudarse de ropa a un vestidor improvisado ubicado al fondo de un gran almacén. Entró al depósito, abrió la puerta, encendió las luces, bajó unas gradas y caminó por el lugar, que más bien parecía un supermercado de cazuelas, alfombras, mesas, sillas, cortinas, etc.; todo bien ubicado. La música sonaba fuerte como llamándola. Tenía hambre, camino al vestidor encontró distintos tipos de bocaditos que estaban destinados a la concurrencia. Aprovechó. Tenía la boca llena de una y otra cosa cuando de pronto se apagaron las luces.

– ¡Hey, Hey!– dijo ella, y se echó a reír porque su boca liberó cierta cantidad de masitas aún no engullidas. Era la madre.

­– ¿Hija, eres tú?­– dijo con voz elevada.

– Sí, mamá, iré a cambiarme y luego salgo– respondió.

– Bien, creí que aquí adentro no había nadie y como vi las luces encendidas las apagué.

– No te preocupes, yo me apuro, salgo de aquí y las apago.

– Bueno. Te estamos esperando.

Sabía que habían hecho preparar unas empanadas y las buscó, al encontrarlas se arrepintió de comer tanto pero se disculpó a sí misma convenciéndose de que era su fiesta.

Las luces se volvieron a apagar

– ¡Quién es!– gritó.

Pero se volvieron a prender de inmediato. Vio los focos del gran almacén y se dio cuenta que eran tubos fluorescentes. Sabía desde niña que no se debe confiar en éstos; se prenden y se apagan. Avanzó. Las luces parpadearon, y nuevamente ella se quedó en la oscuridad total. A tientas, se dirigió hacia el cuarto donde le esperaba su muda de ropa. Sólo sabía que las lámparas se compondrían y así la luz iba a volver. Todo era negro. Hizo caer una charola con bocaditos, intentó recogerlos pero prefirió seguir con cuidado hasta donde creía estar la puerta de su vestidor. Su pie chocó contra un cajón, nada grave. Ella no tenía miedo a la oscuridad, además la música de afuera la acompañaba. Seguramente la pista de baile se oscureció a la vez que se alumbraba con luces brillantes, de todos los colores, dando un ambiente de discoteca. En el almacén todo estaba completamente ennegrecido. Con los brazos extendidos y los dedos preparados para tocar algo, seguía su camino. Afuera todos bailando. Escuchaba voces, alguno que otro grito de euforia, risas, música de fondo. Ella estaría en un momento ahí, divirtiéndose. Llegó hasta el límite de uno de los pasajes y se dio cuenta que debía girar para llegar al vestuario improvisado que, seguramente, tenía lámparas en mejor estado. Tocó algunas telas suaves que seguramente eran manteles o cortinas. Se acordó de repente de un viaje vacacional a unas cuevas subterráneas donde el guía, como una pequeña broma, apagó por cinco segundos la linterna que iluminaba el sendero rocoso sólo para que el pequeño grupo de turistas, que estaba formado por su familia, se asustara un poco; lo logró, y tras unas risitas nerviosas dentro de la caverna volvió a activar la pequeña fuente de luz y siguieron el camino. Pero ella, en el depósito, seguía en penumbras. Se acercó a donde creía estar el umbral hacia su ropa, con una seguridad y una fe tan grande que podía iluminar el lugar con sus ojos. Pero sólo se encontró con una pared fría; la palpó, y no encontró nada. Tragó saliva. La música parecía más distante. “Holaaa”, dijo. Pero sólo escuchó eco, su propio eco. Decidió volver donde empezó, hacia la pista de baile. Chocó contra unas cacerolas que cayeron e hicieron gran ruido. No le importó levantarlas. Todo era oscuro. Siguió, siempre a tientas. El almacén tenía una estructura y un orden de supermercado. Laberíntico. Vitrinas a un lado y a otro. Pensó en las ratas, nada peor que ratas en un depósito de ese tipo. Tuvo miedo. “Holaaaa”, y otra vez su propio eco.

Se acordó de los murciélagos. Hubiese querido tener un radar que le permitiera distinguir a través de los sonidos. Decidió seguir la música de fondo. Pero se encontró con una vitrina llena de vajillas. Tuvo cuidado. Eran pilas y pilas de vajillas. Dio un giro y una de ellas se desplomó y la porcelana se fue contra el piso. Todo se hizo añicos. Quiso correr y tropezó. Cayó, se lastimó; un poco en la mano, un poco en la rodilla. Perdió su zapato de princesa, lo buscó. Nada. Decidió avanzar sin él, pero le dificultó caminar sólo con un zapato. Se quitó el que sobraba y siguió avanzando. Tuvo frío. Se iba de un lado para otro. Empezó a llorar. “¡Mamá!” Tuvo pánico. “¡Papá!”. Ansió ver la corbata naranja de su padre. Cerró los ojos, abrió los ojos; todo era igual. Golpeó su canilla contra una esquina. El dolor ya no importaba. Siguió avanzando. Descubría nuevos pasajes, tocó cacerolas. Se chocaba, se lastimaba. Le dolía un dedo de una mano. Se le rompió una uña. Sollozaba. Parecía que la música de afuera le envolvía y ya no distinguía la fuente de sonidos que antes creía ser la puerta hacia la fiesta. Pisó algo blando, pequeño y pegajoso, luego otro. Eran los bocaditos que hizo caer al principio. Le dio esperanzas, creyó reconocer el camino. Se concentró, intentó recordar la ruta. Avanzaba, se chocaba. Golpeó su frente, sus hombros, sus piernas. Otra vez las cacerolas. Gritaba. “¡Auxilio!” Y otra vez, “¡Auxilio!”.

La oscuridad y la ausencia total te permiten reconocer que tú mismo no te abasteces, que no te puedes soportar, que tu solo cuerpo no alcanza para liberarte.

Lloraba. Se encontró con la vajilla rota desparramada por el piso, le cortaron las plantas de los pies. Se sentó, se tomó los pies y reconoció en sus manos un líquido viscoso. Era su propia sangre. Se incorporó, pero se dio cuenta que no podía caminar. Decidió gatear, gatear como un bebé. El frío del piso le entumecía las manos. Volvió a tocar las masas pegajosas. Seguía. Se golpeaba la cabeza. Avanzaba, giraba, daba media vuelta. Nuevamente se encontró con la vajilla lacerante. Se cortó las manos y las rodillas. No le importaba. Su voz afónica ya no hacía sonido, pero seguía gritando. Pedía socorro. Su eco ya no le respondía. La música de afuera era cada vez más tenue; quería llegar hacia ella. Escuchaba y escuchaba. ¡Dónde está la puerta! Pensó en quedarse, desmayarse o dormir. Algún día la iban a encontrar. ¿Y si no la encontraban? Los sonidos de afuera la envolvían, la enloquecían. Tenía frío. Por donde avanzaba encontraba sus rastros, sus huellas, las dejadeces de su torpeza. Todo era círculo, centrípeto. Intentó derribar las vitrinas, quitar las paredes, pero ya no tenía fuerzas. Su frente estaba viscosa y olía su propia sangre.

Dónde están todos. Todos están al otro lado de la pared. Ella está en el centro, girando y girando como en un vals. Ella está detenida, acurrucada en un rincón abrazando sus rodillas como en el vientre de su madre. Ella está luchando por alcanzar la puerta, por dejar atrás sus miedos y tocar primero el óvulo. Ella está sola.

Pero resiste. En su lucha golpea sus manos contra la esquina de un peldaño, luego otro, luego otro, y la música se hace más fuerte, clara. Acaricia con sus dedos una textura de madera. Busca la manija, la encuentra, no puede. Luego. Abre la puerta y la música se detiene. “¡Hija!” Exclamaciones, santos, escucha de todo en el segundo que tardaron en apagar la música. Siente unas manos calientes que la incorporan. Siente calor. Todos murmullan. “¡Prendan las luces!”, gritan. Todos siguen murmullando, ella sabe que la miran.

Ve para todos lados, intenta reconocer las cosas, su gente. Todo se quedó oscuro. En ese momento, y para siempre, se dio cuento que sus ojos se habían apagado.

Otra vez Quino...

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La Abuela

(I.B)

Llegué a la casa de mi abuela para que me diera un cuento. Por derecho de nieto tengo la llave de la casa donde nací, donde ahora vive ella, sola.


Quito las pesadas maderas que trancan la puerta, cruzo el patio y llamo a su cuarto. Ella, entre asustada y feliz de tener a alguien en esa casa grande y vieja, dice con su voz gastada y ventosa. “¡Quién es!”. “Yo, mami” (le digo mami). No falta el que a esa pregunta siempre responde “yo”, sabiendo que todo el mundo es “yo” y uno le quiere reventar a patadas, pero mi mamá Conchita (Concepción Ibáñez para ustedes) se alegra de escuchar mi voz.


Entro. Tiene el televisor encendido como toda buena solitaria. Me gusta ver esa sonrisa sin dientes y sincera. “Hijito, por qué ya no has venido”, me reprocha con dulzura de anciana, yo le respondo que tenía cosas que hacer, o que estaba estudiando sin tiempo, etc., etc., las excusas de siempre. Primero, tengo que advertir que mi abuela es jo-di-da…, o como dicen sus hijas: chocha y con achaques. No la soportan, nadie la soporta; por eso voy de vez en cuando, aun viviendo a dos cuadras de esa casa vieja. Le pregunto: “¿Cómo estás?”, con ese tonito de voz con el que se saludan las personas después de mucho tiempo. “Aquí nomás, pues, mal estoy”. Y como en una entrevista le voy preguntando qué le duele, y ella me va mostrando partes de su cuerpo con sus manos y haciendo gestos con la cara. La mera verdad, ya sé de memoria cuáles son sus dolencias, gastritis después de comer, la cual describe diciendo “me arde fuego en esta parte”, y se señala la longitud de su esófago; reumatismo, y levantando su enagua (mi abuela siempre está sentada en su cama) se frota la rodilla derecha con una mano. “Así nomás estoy”, dice con voz de queja y estalla en un llanto que ya lo he visto cientos de veces, y no exagero: cierra sus ojos y su rostro se llena de surcos a la vez que su mano izquierda sube a la altura de sus ojos (la derecha sigue en la rodilla), y hace el gesto de limpiarse las lágrimas que no logran salir. Su boca semiabierta da pena.


Pero, no sé por qué, y me perdone Dios por esto, a mí me causa risa. Debo disimular, muchas veces oculté mi rostro para reír en silencio, o caminar por su pequeña habitación mal amueblada y darle la espalda. Logro controlarme y la consuelo. “Hijito, vos nomás me entiendes, vos nomás te acuerdas de esta vieja. Tu mamá nada, tus tías nada. Aquí me dejan sola.” Entonces empieza a hablar mal de ellas con tanta saña que cualquiera que la escuchase tomaría venganza contra las malas hijas por manos propias. A mí ya no me molesta, a cualquiera le ofendería que insulten a su madre (porque ella se lanza contra mi mamá), pero a mí no, porque viene de mi abuela. Siempre me echo a su lado o me siento, tomando un matesito de sultana con pan o galletas (que nosotros le dejamos en abundancia), o leyendo algún libro, o incluso estudiando, o pensando en silencio. Ella no me reprocha el que no le preste absoluta atención, y se sigue quejando. “Todavía a tus tías las he sacado enfermeras y no son capaces de venir a verme (continúa con voz llena de odio). “Maldita la hora en que las he parido a esas perras”. Ya no puedo más, no puedo contenerme y me río a carcajadas de semejante improperio. “¡Qué te ríes, mierda!” Y eso aumenta mi risa. “Claro, reíte de mis desgracias”. Pero yo la quiero a la vieja y la vieja me quiere a mí. Además ella está consciente de que pasó los límites.


¿De qué valdría reprocharle a una anciana? “Ayayayayayayay”, aspira con un siseo prolongado, pone su rostro de dolor y de esta manera cambia de tema con clara intención de pasar por alto su palabras y para que yo me preocupe por ella y deje de una vez la risa. “Mi rodilla, mi rodilla”, se frota; aprieta su puño con fuerza y dice “Así como punzadas me da”, hace una pausa. “Anoche no he dormido siempre nada.” Silencio. Para cambiar de tema le digo que se debe teñir nuevamente el cabello (porque ya lo blanco se nota perfectamente). “¡Tu madre pues! Me dice que está feo”, y vuelve a llorar, “ahora tengo que pintarme la cabeza cada vez”. Lo siento pero me vuelvo a reír.


Sonriendo veo que la señal de su televisor es mala y me levanto hacia éste. Sólo muevo la antena un par de veces y la señal ahora es nítida. “Gracias hijito, vos nomás siempre todo.” Mimado por esas palabras le digo que ya me debo ir. “¡Ay! ¿Tan rápido te vas a ir? ¿No querías tecito?” (le dice tecito al mate de sultana, bueno para la presión alta). Le digo que hay comida en mi casa y que tengo que estudiar harto. No sé cómo, pero aparece en sus manos un billete de diez pesos y me lo alcanza. Le digo que no, que tengo dinero, pero termina por convencerme, como siempre. Le doy las gracias. Alguna vez intenté rechazar su oferta cuando de verdad tenía dinero y ella se molestó. Además, es su cariño. “Vas a venir, pues”, me dice, pero igual hubiese leído esas palabras en sus ojitos. “Ya mami”, le digo y la dejo sentada.

Cruzo el patio, cierro la puerta de la calle con llave, tranco bien la salida, con las pesadas maderas, y la vuelvo a encerrar desde afuera.