(I.B)
Llegué a la casa de mi abuela para que me diera un cuento. Por derecho de nieto tengo la llave de la casa donde nací, donde ahora vive ella, sola.
Quito las pesadas maderas que trancan la puerta, cruzo el patio y llamo a su cuarto. Ella, entre asustada y feliz de tener a alguien en esa casa grande y vieja, dice con su voz gastada y ventosa. “¡Quién es!”. “Yo, mami” (le digo mami). No falta el que a esa pregunta siempre responde “yo”, sabiendo que todo el mundo es “yo” y uno le quiere reventar a patadas, pero mi mamá Conchita (Concepción Ibáñez para ustedes) se alegra de escuchar mi voz.
Entro. Tiene el televisor encendido como toda buena solitaria. Me gusta ver esa sonrisa sin dientes y sincera. “Hijito, por qué ya no has venido”, me reprocha con dulzura de anciana, yo le respondo que tenía cosas que hacer, o que estaba estudiando sin tiempo, etc., etc., las excusas de siempre. Primero, tengo que advertir que mi abuela es jo-di-da…, o como dicen sus hijas: chocha y con achaques. No la soportan, nadie la soporta; por eso voy de vez en cuando, aun viviendo a dos cuadras de esa casa vieja. Le pregunto: “¿Cómo estás?”, con ese tonito de voz con el que se saludan las personas después de mucho tiempo. “Aquí nomás, pues, mal estoy”. Y como en una entrevista le voy preguntando qué le duele, y ella me va mostrando partes de su cuerpo con sus manos y haciendo gestos con la cara. La mera verdad, ya sé de memoria cuáles son sus dolencias, gastritis después de comer, la cual describe diciendo “me arde fuego en esta parte”, y se señala la longitud de su esófago; reumatismo, y levantando su enagua (mi abuela siempre está sentada en su cama) se frota la rodilla derecha con una mano. “Así nomás estoy”, dice con voz de queja y estalla en un llanto que ya lo he visto cientos de veces, y no exagero: cierra sus ojos y su rostro se llena de surcos a la vez que su mano izquierda sube a la altura de sus ojos (la derecha sigue en la rodilla), y hace el gesto de limpiarse las lágrimas que no logran salir. Su boca semiabierta da pena.
Pero, no sé por qué, y me perdone Dios por esto, a mí me causa risa. Debo disimular, muchas veces oculté mi rostro para reír en silencio, o caminar por su pequeña habitación mal amueblada y darle la espalda. Logro controlarme y la consuelo. “Hijito, vos nomás me entiendes, vos nomás te acuerdas de esta vieja. Tu mamá nada, tus tías nada. Aquí me dejan sola.” Entonces empieza a hablar mal de ellas con tanta saña que cualquiera que la escuchase tomaría venganza contra las malas hijas por manos propias. A mí ya no me molesta, a cualquiera le ofendería que insulten a su madre (porque ella se lanza contra mi mamá), pero a mí no, porque viene de mi abuela. Siempre me echo a su lado o me siento, tomando un matesito de sultana con pan o galletas (que nosotros le dejamos en abundancia), o leyendo algún libro, o incluso estudiando, o pensando en silencio. Ella no me reprocha el que no le preste absoluta atención, y se sigue quejando. “Todavía a tus tías las he sacado enfermeras y no son capaces de venir a verme (continúa con voz llena de odio). “Maldita la hora en que las he parido a esas perras”. Ya no puedo más, no puedo contenerme y me río a carcajadas de semejante improperio. “¡Qué te ríes, mierda!” Y eso aumenta mi risa. “Claro, reíte de mis desgracias”. Pero yo la quiero a la vieja y la vieja me quiere a mí. Además ella está consciente de que pasó los límites.
¿De qué valdría reprocharle a una anciana? “Ayayayayayayay”, aspira con un siseo prolongado, pone su rostro de dolor y de esta manera cambia de tema con clara intención de pasar por alto su palabras y para que yo me preocupe por ella y deje de una vez la risa. “Mi rodilla, mi rodilla”, se frota; aprieta su puño con fuerza y dice “Así como punzadas me da”, hace una pausa. “Anoche no he dormido siempre nada.” Silencio. Para cambiar de tema le digo que se debe teñir nuevamente el cabello (porque ya lo blanco se nota perfectamente). “¡Tu madre pues! Me dice que está feo”, y vuelve a llorar, “ahora tengo que pintarme la cabeza cada vez”. Lo siento pero me vuelvo a reír.
Sonriendo veo que la señal de su televisor es mala y me levanto hacia éste. Sólo muevo la antena un par de veces y la señal ahora es nítida. “Gracias hijito, vos nomás siempre todo.” Mimado por esas palabras le digo que ya me debo ir. “¡Ay! ¿Tan rápido te vas a ir? ¿No querías tecito?” (le dice tecito al mate de sultana, bueno para la presión alta). Le digo que hay comida en mi casa y que tengo que estudiar harto. No sé cómo, pero aparece en sus manos un billete de diez pesos y me lo alcanza. Le digo que no, que tengo dinero, pero termina por convencerme, como siempre. Le doy las gracias. Alguna vez intenté rechazar su oferta cuando de verdad tenía dinero y ella se molestó. Además, es su cariño. “Vas a venir, pues”, me dice, pero igual hubiese leído esas palabras en sus ojitos. “Ya mami”, le digo y la dejo sentada.
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